Durante los últimos 300 años la masonería ha estado presente
en la gran mayoría de los acontecimientos de la sociedad occidental. Denostada
por unos, alabada por otros, criticada sin piedad, admirada hasta extremos
insospechados. Lo que sí es cierto es que de un modo u otro ha participado en
muchos de los movimientos filosóficos, culturales y políticos de nuestro
tiempo.
La historia de la masonería fuera de las leyendas que no son
más que eso, comienza de modo visible y organizado en la Inglaterra del siglo
XVIII, una época marcada por dos revoluciones, guerras civiles, cambio de
dinastía y persecuciones religiosas. Rápidamente, la masonería especulativa
atraerá a hombres de toda condición y gracias a su espíritu abierto y a la
búsqueda de lazos de unión y puntos comunes para la Humanidad la convertirán en
lugar de encuentro de una sociedad deseosa de cambiar, de abandonar los modos y
maneras de épocas anteriores.
Institucionalizada y respetada, próxima a las elites
económicas y políticas de la Europa anglosajona y protestante, en la Europa,
del sur quedará fuera del control de la iglesia Católica llegando a ser su gran
alternativa ideológica. La masonería y las logias se convirtieron en muchos
países en la única institución organizada, no sometida a la supervisión
ideológica ni de las Iglesia ni del Estado. Ello permitió que grupos muy
distintos de personas e intereses acudieran y se aprovecharan de ese carácter
único. Actuaciones de muy distinto motivo y razón, desde la conspiración
política, la especulación filosófica, la preocupación social a la simple
sociabilidad, tuvieron un punto de encuentro y base de acción que de otra
forma, habría sido imposible.
Los países católicos como Francia, España, Italia y Portugal
fueron un claro ejemplo de esta realidad masónica en su vertiente “latina”.
Así, la Masonería fue bandera de enganche de grupos liberales y
revolucionarios, enfrentados con las monarquías y los poderes absolutos;
filósofos y pensadores, que veían la necesidad de retirar las escuelas y las
Universidades de las manos de la iglesia, impulsando una educación laica,
abierta, moderna, acorde con los nuevos tiempos; de nuevas sociabilidades
basadas en la creencia de la ayuda mutua y fraterna entre los hombres,
simplemente pos ser hombres.
La sociedad de la segunda mitad del Siglo XX ha evolucionado
y lo que antes eran ideas peligrosas y campos de batallas han sido asumidas de
manera natural y aceptadas como algo básico y elemental en nuestra
civilización. La sociedad civil ha dado paso a una nueva “ forma de
sociabilidad” y de participación en la que los viejos actores y sus - antiguos
modos han quedado fuera de la realidad.
La historia nos explica cómo hemos llegado hasta aquí y
porque - somos como somos, pero no nos dice cómo debemos comportarnos de ahora
en adelante. La sociedad occidental es deudora de muchas corrientes y
realidades, siendo una de ellas la Masonería pero ello no quiere decir que
debamos seguir actuando como hasta ahora se ha hecho en estos 300 años. La
sociedad cambia, tiene otras necesidades y otros muchos problemas. La masonería
y mejor dicho los masones como ciudadanos conscientes tienen la obligación de
trabajar para la mejora de la sociedad y del individuo. Han de ser capaces de
buscar ideas nuevas o modos innovadores para aplicar las ideas de siempre, pero
han de saber evolucionar de acuerdo con la sociedad de la que forman parte. No
podemos permitirnos quedar convertidos en meros elementos decorativos de los
anaqueles de la sección de Historia de las librerías y bibliotecas, o en la
eterna y ridícula materia de elucubración y discusión de tertulias sobre si la
conspiración judío-masónica-bolchevique-onu-unión europea-liberal-atea, es algo
cada vez más real o no.
Pero está claro que, para lograr que la humanidad alcance su
pleno desarrollo ético, espiritual y moral, principal fin de la masonería,
antes habrá que conseguir el desarrollo intelectual, social y económico de los
pueblos. Con atención constante al hombre como ser individual e irrepetible,
concepto comprendido y escrito con “H” mayúscula, que es como la masonería
entiende al Hombre, para resaltar que se trata de un ser individual, no un
número de expediente en el archivo de los ordenadores de la administración.
Ser, como ya apuntábamos antes, concebido por su creador para ocupar el vértice
superior de la pirámide de la creación, al que en ningún caso se debe convertir
en un dato impersonal de las estadísticas.
Cuando el Hombre haya alcanzado el pleno desarrollo
cultural, social y económico, cuando sus carencias de todo tipo no queden
enmascaradas por la falsa idea de que solo el sufrimiento mansamente aceptado
durante su breve tránsito por este mundo le garantiza el disfrute eterno de un
paraíso futuro. Cuando sean rechazados, por intrínsecamente perversos, todos
los manipulados conceptos que separan y enfrentan al Hombre con sus Hermanos,
por el simple hecho de haber nacido los unos y los otros en distintos lados de
fronteras inventadas, o por diferencias de color de piel o lenguaje. Cuando los
pasaportes sean piezas de museo y no subsistan entre los Hombres más diferencia
que su mérito o demérito personal. Y finalmente, cuando el poder se ejerza por
delegación expresa del Hombre, por el Hombre y al servicio y beneficio
exclusivo del Hombre, entonces y solamente entonces, será cuando habrá sido
cumplida la ulterior misión de la Masonería, que no es otra que conseguir el
pleno desarrollo ético, espiritual y moral de la humanidad.