
Muchas reflexiones poderosas prueban que el hombre ha sido creado para vivir en sociedad, y que jamás ha errado en las selvas como las bestias de campo separado de la comunicación de sus semejantes. La razón, de que está dotado, necesita para desenvolverse de la sociedad de los demás. El Supremo Hacedor nada le ha dado superfluo; y este precioso don, del mismo modo que el de la palabra, sería enteramente inútil si hubiese sido creado para vivir aislado y sin compañeros. El hombre además tiene en su corazón, grabados los sentimientos de piedad, de beneficencia y amistad. Estos afectos no pertenecen a un ente solitario; ellos suponen un segundo a quien son dirigidos. El mismo deseo de ejercerlos obliga a los humanos a unirse y ayudarse.
Recorramos al hombre en todas sus edades. En la infancia necesita del cuidado y auxilio de sus padres; cuando llega a la edad de las pasiones, lo primero que hecha de menos es una compañera a quien estrechar en su seno, A la joven le sucede otro tanto, y unidas sus voluntades, labran una cabaña y juran no separarse jamás. Bien presto tienen un fruto de sus amores; y este es un nuevo miembro de esta pequeña sociedad. ¿Qué sería del hombre cuando cargado de años y experiencia se acerca al sepulcro, sino tuviese compañero? ¿Quién le daría un pan a este desdichado? ¿Cuál sería su desesperación al considerar que disminuidas sus fuerzas estaba en su impotencia expuesto a un sin número de males?
El planeta que habitamos ha sido creado para servir al hombre del mismo modo que todos los elementos. ¿Podría cumplirse esto viviendo cada uno en su caverna como tigres y panteras? Unidos los hombres labran la tierra; unidos dominan los mares, y las más altas montañas desaparecen para abrirse caminos cómodos, cuando se unen para derribarlas. Creemos que no hay en este mundo uno solo a quien no le convenzan las razones alegadas.
El hombre, pues siempre ha vivido en sociedad, no en una sociedad civil, sino en una sociedad que podemos llamar natural. Mientras vivió así, estuvo en la edad de oro que tan deliciosa nos pintan los poetas. El vivía feliz porque era justo; gozaba de todo lo creado porque nada había propio; y no ofendía a los demás porque seguía lo que le dictaba su razón. En ese entonces aún no había renunciado su natural independencia. No había nobles ni plebeyos, magistrados ni súbditos, ni leyes, ni penas ni recompensas. En este estado los hombres eran todos iguales, y se gobernaban por las leyes naturales grabadas en sus corazones. Solo había entre ellos la desigualdad que proviene de la fuerza física.
Corrompido, el fuerte oprimió al débil. Este y el justo se vieron en la necesidad de unirse para rechazar la agresión del malvado. La igualdad moral no podía oponerse a la desigualdad física. El hombre de bien era la presa del malo, y se veía diariamente expuesto a sus caprichos, y triste fruto de sus maquinaciones. Los atentados del más fuerte eran más poderosos que los derechos del débil. Solo hubo un recurso para remediar tantos males. Para destruir la desigualdad física se reunieron todas las fuerzas particulares y compusieron una fuerza pública para imponer respeto a los injustos. Fue preciso para ello crear una persona moral, cuya voluntad represente todas las voluntades, y cuya fuerza fuese el conjunto de todas las fuerzas, y en ellas depositaron los socios una parte de sus derechos para conservar el resto. Esta persona es el gobierno. Hízose esto por medio de una convención; y de aquí el origen de las sociedades, cuyos fines principales son, la conservación, la tranquilidad y seguridad.
La conservación tiene por objeto la existencia; el de la tranquilidad y seguridad no es otro que el goce de los derechos imprescriptibles de los hombres.
En toda sociedad bien ordenada debe el ciudadano ser conservado; estar seguro de la protección de las leyes; que estas no serán quebrantadas por los que están al frente de los negocios; finalmente que no será despojado de sus bienes y comodidades, sino cuando por un crimen cometido se los quiten por el ministerio de la ley.
Si por desgracia de la humanidad viven los hombres en países donde no se observan las reglas predichas, debemos creer que ellos están sujetos por la fuerza y no por su voluntad. Creer lo contrario es desconocer el corazón humano. Ninguno se conforma con el mal, y todos lo detestan. Los ciudadanos entonces son oprimidos. Los opresores se valen de los medios que les sugiere la tiranía para poner a los pueblos en la imposibilidad de reclamar sus derechos. Los espías y las proscripciones son los medios más ordinarios. Los venenos y asesinatos son también instrumentos de los déspotas. De los primeros se valen para conocer los clamores de los pueblos y deshacerse de los que pueden capitanear a los oprimidos; de los segundos para desaparecer de la escena a los instrumentos de sus maldades. En este caso solo les queda un medio para librarse de la tiranía; este es la resistencia.
«Mientras un pueblo se ve forzado a obedecer, dice el célebre Rousseau, y obedece, hace bien en ello; pero si pudiendo sacudir el yugo, le sacude, hace mucho mejor, porque adquiriendo la libertad por el mismo derecho que se la había robado; o tiene harto fundamento para recobrarla, o no hubo ninguno para que se la quitarán,»
Al contrario, en los pueblos verdaderamente libres no hay espías ni delatores y no necesitan los magistrados del aparato imponente de las armas. Todo hombre tiene interés en la permanencia de un Gobierno que hace su seguridad. ¿Cuál será el Bretón o Anglo Americano que trate de reunir a sus compatriotas para trastornar el orden de su patria? ¿Habrá alguno tan injusto y temerario que quiera atraer sobre si la indignación de todos los hombres? La experiencia nos enseña que tanto en uno como en otro país reina siempre el orden, y que jamás se experimentan revoluciones, porque en ellos se consigue la conservación, tranquilidad y seguridad, objetos de las sociedades.
Publicado en "La Abeja Republicana"
Domingo 11 de agosto de 1,822
Imprenta del Río: 1822
Recorramos al hombre en todas sus edades. En la infancia necesita del cuidado y auxilio de sus padres; cuando llega a la edad de las pasiones, lo primero que hecha de menos es una compañera a quien estrechar en su seno, A la joven le sucede otro tanto, y unidas sus voluntades, labran una cabaña y juran no separarse jamás. Bien presto tienen un fruto de sus amores; y este es un nuevo miembro de esta pequeña sociedad. ¿Qué sería del hombre cuando cargado de años y experiencia se acerca al sepulcro, sino tuviese compañero? ¿Quién le daría un pan a este desdichado? ¿Cuál sería su desesperación al considerar que disminuidas sus fuerzas estaba en su impotencia expuesto a un sin número de males?
El planeta que habitamos ha sido creado para servir al hombre del mismo modo que todos los elementos. ¿Podría cumplirse esto viviendo cada uno en su caverna como tigres y panteras? Unidos los hombres labran la tierra; unidos dominan los mares, y las más altas montañas desaparecen para abrirse caminos cómodos, cuando se unen para derribarlas. Creemos que no hay en este mundo uno solo a quien no le convenzan las razones alegadas.
El hombre, pues siempre ha vivido en sociedad, no en una sociedad civil, sino en una sociedad que podemos llamar natural. Mientras vivió así, estuvo en la edad de oro que tan deliciosa nos pintan los poetas. El vivía feliz porque era justo; gozaba de todo lo creado porque nada había propio; y no ofendía a los demás porque seguía lo que le dictaba su razón. En ese entonces aún no había renunciado su natural independencia. No había nobles ni plebeyos, magistrados ni súbditos, ni leyes, ni penas ni recompensas. En este estado los hombres eran todos iguales, y se gobernaban por las leyes naturales grabadas en sus corazones. Solo había entre ellos la desigualdad que proviene de la fuerza física.
Corrompido, el fuerte oprimió al débil. Este y el justo se vieron en la necesidad de unirse para rechazar la agresión del malvado. La igualdad moral no podía oponerse a la desigualdad física. El hombre de bien era la presa del malo, y se veía diariamente expuesto a sus caprichos, y triste fruto de sus maquinaciones. Los atentados del más fuerte eran más poderosos que los derechos del débil. Solo hubo un recurso para remediar tantos males. Para destruir la desigualdad física se reunieron todas las fuerzas particulares y compusieron una fuerza pública para imponer respeto a los injustos. Fue preciso para ello crear una persona moral, cuya voluntad represente todas las voluntades, y cuya fuerza fuese el conjunto de todas las fuerzas, y en ellas depositaron los socios una parte de sus derechos para conservar el resto. Esta persona es el gobierno. Hízose esto por medio de una convención; y de aquí el origen de las sociedades, cuyos fines principales son, la conservación, la tranquilidad y seguridad.
La conservación tiene por objeto la existencia; el de la tranquilidad y seguridad no es otro que el goce de los derechos imprescriptibles de los hombres.
En toda sociedad bien ordenada debe el ciudadano ser conservado; estar seguro de la protección de las leyes; que estas no serán quebrantadas por los que están al frente de los negocios; finalmente que no será despojado de sus bienes y comodidades, sino cuando por un crimen cometido se los quiten por el ministerio de la ley.
Si por desgracia de la humanidad viven los hombres en países donde no se observan las reglas predichas, debemos creer que ellos están sujetos por la fuerza y no por su voluntad. Creer lo contrario es desconocer el corazón humano. Ninguno se conforma con el mal, y todos lo detestan. Los ciudadanos entonces son oprimidos. Los opresores se valen de los medios que les sugiere la tiranía para poner a los pueblos en la imposibilidad de reclamar sus derechos. Los espías y las proscripciones son los medios más ordinarios. Los venenos y asesinatos son también instrumentos de los déspotas. De los primeros se valen para conocer los clamores de los pueblos y deshacerse de los que pueden capitanear a los oprimidos; de los segundos para desaparecer de la escena a los instrumentos de sus maldades. En este caso solo les queda un medio para librarse de la tiranía; este es la resistencia.
«Mientras un pueblo se ve forzado a obedecer, dice el célebre Rousseau, y obedece, hace bien en ello; pero si pudiendo sacudir el yugo, le sacude, hace mucho mejor, porque adquiriendo la libertad por el mismo derecho que se la había robado; o tiene harto fundamento para recobrarla, o no hubo ninguno para que se la quitarán,»
Al contrario, en los pueblos verdaderamente libres no hay espías ni delatores y no necesitan los magistrados del aparato imponente de las armas. Todo hombre tiene interés en la permanencia de un Gobierno que hace su seguridad. ¿Cuál será el Bretón o Anglo Americano que trate de reunir a sus compatriotas para trastornar el orden de su patria? ¿Habrá alguno tan injusto y temerario que quiera atraer sobre si la indignación de todos los hombres? La experiencia nos enseña que tanto en uno como en otro país reina siempre el orden, y que jamás se experimentan revoluciones, porque en ellos se consigue la conservación, tranquilidad y seguridad, objetos de las sociedades.
Publicado en "La Abeja Republicana"
Domingo 11 de agosto de 1,822
Imprenta del Río: 1822









