De cómo una cofradía de albañiles se
convirtió en una fraternidad iniciática que tuvo un papel decisivo en la
divulgación de las ideas liberales en el mundo.
El camarote del barco se mecía
levemente como un adormecido péndulo. En el centro de la minúscula habitación,
un hombre con los ojos vendados se alistaba para hacer un juramento. Era la
medianoche del 24 de junio de 1816 y Tomás de Iriarte —hijo del célebre
fabulista— trataba de retener en su mente cada frase, cada palabra para
apuntarla después en su diario. Confesó ser un hombre libre y de honor, y,
cuando le quitaron las vendas, su sorpresa fue mayor. A su lado estaban ocho de
sus mejores amigos. Ahora todos pertenecían a la hermandad. Era la última
ceremonia a bordo, y el acto terminó con una cena abundante. Se fueron a dormir
antes de despuntar el alba. Tenían que seguir un largo viaje hacia el ansiado
virreinato del Perú.
Estos tripulantes de la fragata
Venganza llegaron a Arica cinco meses después, el 12 de noviembre. Un grupo
partió hacia Santiago y otro, hacia Lima. Eran hombres de armas enviados por el
rey Fernando VII para restaurar el orden perdido, para enderezar a los ariscos
criollos americanos hacia el antiguo régimen y evitar el colapso del sistema
colonial. Sin embargo, ellos no eran totalmente fidelistas, sino que, más bien,
tenían un espíritu liberal. Buscaban formar en el Nuevo Mundo su propio reino
y, con el pacto sellado en alta mar, estos tripulantes habían abrazado ya otros
ideales: los de una fraternidad antigua, de orígenes místicos y esotéricos, que
los convertía en hombres nuevos. Se habían transformado en francmasones, y
habían puesto a su logia un nombre que era también un deseo: “La Paz Americana
del Sud”.
Meses después, en Lima, estos
hombres formarían parte de encuentros clandestinos con criollos peruanos que se
reunían de manera furtiva para discutir y leer a los enciclopedistas franceses.
Eran tertulias que se sucedían con regularidad en casas de aristócratas, como
la del marqués José de la Riva Agüero y Sánchez Boquete, en el barrio de Santa
Teresa, o en la mítica Casa de Pilatos, ubicada en la calle de los Milagros, a
solo unas cuadras de la Plaza Mayor. A mediados de julio de 1817, los miembros
de esta logia ultramarina se unieron con sus pares peruanos y formaron la
primera fraternidad masónica documentada en estas tierras. Le pusieron de
nombre el santo y seña que usaban para identificarse entre ellos: “Paz y
Perfecta Unión”. Luego, nombraron como hermano mayor a Riva Agüero.
En esos agitados días, muchos
peruanos participaron en sociedades patrióticas clandestinas y buscaron
propiciar un acontecimiento que creían podía terminar de derrumbar el régimen
español en América: el arribo a Lima del ejército libertador del sur,
encabezado por José de San Martín. Los hermanos de Paz y Perfecta Unión también
se abocaron a esta tarea.
Doscientos años después, en Surco,
el gran maestro de la Gran Logia Masónica del Perú, el notario César Bazán
Naveda, reconstruye con cierta emoción la historia de los primeros masones en
nuestro país. Está sentado en una oficina espaciosa, con paredes enchapadas de
madera en las que resaltan varias imágenes de la Virgen María. Resulta difícil
creer que hace tres siglos los masones fueron perseguidos por la Iglesia
católica. “Eran otros tiempos —comenta—. En la Edad Media y Moderna, los reyes
eran absolutistas, creían que su poder dependía de Dios y por eso eran ungidos
por el papa. Pero en el siglo XVIII nació el libre pensamiento, la historia
cambió, y se cuestionó el absolutismo. Los reyes recurrieron al apoyo de la
Iglesia, y esta dictó bulas contra esas organizaciones que buscaban el cambio
del statu quo, entre ellos, los masones”.
Bazán Naveda recuerda las
persecuciones de la Inquisición al cirujano francés Diego de La Granja (o
Lagrange), a quien denunciaron por tener estampas masónicas, o las tradiciones
de Ricardo Palma, que evidencian la existencia de logias en Lima desde el siglo
XVII. Por ejemplo, en “La casa de Pilatos”, Palma cuenta, con tono legendario,
el origen del nombre de esta mansión construida en 1590 a partir de un hecho
sucedido en agosto de 1635. Entonces —relata el tradicionista— “un mozo truhan
que llevaba alcoholizados los aposentos de la cabeza” pasó por ahí a medianoche
y, al ver luces en los altos, pensó que se trataba de alguna fiesta, por lo que
decidió entrar. Subió las escaleras de piedra y se encontró con un espectáculo
insólito. A través de una ventana vio a uno de los hombres más acaudalados de
la ciudad, el portugués Manuel Bautista Pérez, quien estaba sentado en un
dosel, y dirigía un extraño discurso a cien compatriotas suyos. En el lugar
había un crucifijo de tamaño natural y, cuando Bautista terminó de hablar, los
concurrentes se dirigieron al Cristo y uno a uno le fueron dando “fuertes
ramalazos”.
Aterrado, el muchacho fue a poner
la denuncia al Santo Oficio, que horas después “echó la zarpa encima” a los más
de cien portugueses. Pérez y diez de sus compatriotas terminaron quemados en la
hoguera. Por eso —concluye Palma— a dicha casa se la llamó “de Pilatos”, quien
también mandó a azotar a Jesús. ¿Eran masones? El tradicionista no lo dice con
esas palabras, pero el extraño ritual aludía, sin duda, a una logia o
hermandad.
El caso de Palma resulta curioso
porque en su juventud este se hizo masón. Un dato que siempre su familia trató
de ocultar y que —como apunta el estudioso Ismael Pinto— incluso un exhaustivo
biógrafo como Luis Alberto Sánchez pasó por alto. Palma ingresó en la logia del
Callao “Concordia Universal” el 4 de julio de 1855, cuando tenía 22 años. Se
sabe que llegó al grado de maestro.
Pero más allá de estos hechos, la
masonería en el Perú pasó de la clandestinidad en la época virreinal —cuando
era acusada de herejía y de conspirar contra el rey— a formar parte de las
logias patrióticas, durante la Independencia, y luego a ser gradualmente
aceptada en las primeras décadas de la República. “Para nosotros el año de 1817
es importante porque en ese momento se formó la primera logia de la que tenemos
documentación”, afirma Bazán Naveda. En la mitad del siglo XIX, las logias
instaladas en Lima ya practicaban dos de los ritos más tradicionales de la
hermandad: el llamado escocés, antiguo y aceptado, y el de York. Ambos estilos
—con sus colores rojo y azul, sus palabras de pase y ceremonias iniciáticas— se
han asentado en nuestro país desde entonces.
El 25 de marzo de 1882 —otra fecha
clave—, en esa Lima ocupada por las tropas chilenas, las ocho logias existentes
en la capital se unieron y formaron la Gran Logia del Perú.
Para entender la masonería hay que
retroceder en el tiempo y el espacio. Etimológicamente, la palabra masón quiere
decir ‘albañil’, y su origen resulta legendario: está conectado con los
constructores del templo del rey Salomón, edificado en siete años y seis meses,
en el monte María, en Jerusalén, donde se supone se encontraba el Arca de la
Alianza, el máximo símbolo de la cultura hebrea. Esto ha conectado a los
masones con los patriarcas del Antiguo Testamento, desde Adán —el primero de
todos—, que enseño la Geometría y el arte de la construcción a sus hijos, hasta
llegar a Noé y su descendencia, que fue salvada del diluvio gracias a este
conocimiento, como se explica en las Constituciones de James Anderson, el libro
que en 1723 fijó las obediencias y linderos (landmarks) de la orden.
De ahí nace la idea de una
hermandad iniciática que difunde su saber por el Oriente, y que construye
ciudades en Sinar y Asiria, y que llega a Egipto “160 años después del
diluvio”, según Anderson. Ahí ayudará a los faraones a levantar las pirámides y
luego partirá con los hebreos hacia la Tierra Prometida bajo la guía del gran
maestro Moisés.
“No es ninguna exageración creer
que el origen de la masonería operativa data de la construcción del templo de
Salomón […] Si no, ¿cómo explicar que los caballeros de las cruzadas volvieran
a Europa diciendo que poseían el secreto de una fraternidad a la que estaban
ligados por un juramento? Y, además, ¿cómo es posible que en todos los tiempos
los arquitectos de Oriente se llamaran a sí mismos ‘Hijos de Salomón’, y
utilizaran como el emblema el sello de los triángulos entrelazados?”, se
pregunta el argentino Pedro J. Cócaro. Este saber, los misterios del arte de la
construcción, atravesaron el Asia Menor a través de gremios o sociedades
cerradas, formadas por aprendices y maestros. Así entraron a Europa por
Constantinopla, y se extendieron por Grecia y Roma.
El español Yván Pozuelos, uno de
los investigadores actuales más importantes de la historia de la masonería,
comenta a través del correo electrónico: “Los masones de la Edad Media y
Moderna fueron arquitectos, aparejadores, artistas, y en general trabajaron en
la construcción de una red de catedrales y edificios civiles en toda Europa. Y,
con el tiempo, debido al mecenazgo, se permitió la entrada en estas logias a
personas ricas y poderosas, ajenas a la profesión”.
Por eso, en la Inglaterra de
inicios del siglo XVIII, la masonería era un saber compartido por aristócratas,
condes y duques. Sin embargo, los símbolos de la albañilería quedaron. Entre
los más importantes figuran la escuadra y el compás, que representan la fusión
entre la materia y espíritu. En ese momento los masones no eran más
constructores de edificios. Se habían transformado en arquitectos del espíritu,
en librepensadores en una Europa en cisma por los conflictos entre católicos y
protestantes. Ese es el contexto del 24 de junio de 1717, cuando cuatro
fraternidades masónicas inglesas se reunieron en una taberna para crear la Gran
Logia de Londres y Westminster.
Estas logias se replicarán por toda
Europa y alentarán la creación de nuevas hermandades en Francia y España, donde
se producirán disidencias y cismas. ¿Qué une y qué diferencia a estas logias?
Le preguntamos a Yván Pozuelos: “Digamos que son diferentemente iguales”,
responde. “Esta expresión de dos términos contradictorios puede resumir la
cuestión. A la francesa y española se les achaca que son ‘políticas’, pues no
cumplirían con el precepto fundacional que establecía que en las logias no se
debería hablar ni de política ni de religión; y a la inglesa se le cuestionaría
el hecho de no respetar la supuesta esencia del mismo texto acerca de la
libertad de conciencia. Es un debate de masones para masones, y ya lleva 300
años”, agrega.
“La orden para nosotros es como nuestra madre”, dice Francisco Sialer, un economista jubilado que actualmente se encarga de la administración del Museo de la Fraternidad, ubicado en el gran templo de San Isidro, y que lleva el nombre de Jorge Basadre, quien tuvo un paso fugaz por la orden. El recinto no solo está poblado de fotografías de héroes y próceres, sino que tiene una narrativa particular para contar la historia peruana de acuerdo con los personajes masones que participaron en ella: desde quienes usaron palabras o símbolos que los identificaron como tales —incluso Santos Atahualpa, que fundó una especie de hermandad en la selva— hasta otros héroes que sí se inscribieron en la masonería, como Grau, Bolognesi y Alfonso Ugarte, o incluso presidentes, como Leguía, Odría y Lindley (director de la Junta de Gobierno entre marzo y julio de 1963).
Sialer lleva 43 años en la hermandad. Y, mientras muestra una escultura en la que se ve a un hombre desnudo que parece modelar su propio cuerpo con un mazo, una regla y un cincel, explica: “Estas herramientas representan el trabajo del aprendiz. Todos somos como piedras que se deben tallar. Algunos pueden llegar a ser una obra de arte; otros, los basamentos de un edificio. En el primer grado la persona debe trabajar con el mazo y el cincel: el primero simboliza la perseverancia y la fuerza, y el segundo es la educación. Los dos deben funcionar juntos para conseguir modelar el material. Aquí no hay secretos: el artista y la obra somos nosotros mismos”, agrega con una sonrisa. En la página web de la hermandad se lee una frase que podría complementar lo dicho por Sialer: “Buscamos hombres buenos para hacerlos mejores”.
Una de las definiciones más
antiguas de la masonería señala que “es un sistema moral velado con alegorías e
ilustrado por medio de símbolos” y que su fin es “el mejoramiento de la
humanidad”. Gran parte de esta simbología masónica ha sido estudiada con especial
ahínco por el investigador peruano Jorge Yzaga Contreras, quien llegó a la
masonería luego de interesarse por la literatura colonial. Él ha escrito dos
volúmenes que revelan el lenguaje masónico en sendos textos de la época previa
a la Independencia: en “El elogio al virrey Jáuregui”, pronunciado por José
Baquíjano y Carrillo, en 1781, el cual terminó siendo un duro cuestionamiento
al régimen absolutista, y en un pequeño volumen editado con ocasión de las
fiestas que se ofrecieron al propio Baquíjano cuando fue nombrado consejero de
Estado de las Cortes de Cádiz. “En estos escritos hay un lenguaje velado, un
simbolismo característico de la masonería”, afirma Yzaga, con entusiasmo.
Entre esas alegorías, el
investigador destaca dos: el ojo de la previsión y las dos columnas. “El
primero es el símbolo del Gran Arquitecto del Mundo (que veneran todos los
masones), que en ritos como el escocés es representado al interior del delta o
triángulo luminoso, y las columnas caracterizan el oficio de los constructores”.
Le hacemos notar que el ojo de la
previsión aparece también reproducido en el billete de un dólar. “Ese billete
fue elaborado, a fines del siglo XVIII, cuando George Washington era
presidente, y se sabe que él era masón”, responde. “Incluso cuando pone la
primera piedra de la capital que lleva su nombre, aparece con el mandil de la
hermandad”. “Es más —agrega—, se cree que el Capitolio y el Obelisco forman un
triángulo y apuntan hacia arriba, hacia la estrella Arturo, otro símbolo
masónico”.
"Somos iniciáticos porque guardamos
conocimientos que nos transfieren nuestros antecesores y esotéricos porque el
saber es también místico. No solo es científico; es también revelación”, afirma
el gran maestro Bazán Naveda.
En el Perú existen 214 logias
masónicas y se van a abrir dos más en julio. Tienen alrededor de cinco mil
hermanos activos —“los que pagan sus cotizaciones y asisten regularmente a las
reuniones”, precisa Bazán Naveda— y están repartidos en todo el país. Esta
institución, a pesar de que lleva la insignia de la fraternidad, no ha estado,
sin embargo, libre de pugnas. La última de estas crisis ocurrió en 1998, cuando
los líos por la sucesión al cargo de gran maestro llegaron hasta el Poder
Judicial.
Antes de despedirse, Bazán Naveda
comenta con algo de resignación: “Gracias a Dios esos problemas ya han sido
superados. Nuestra institución no ha estado exenta de los problemas cotidianos
que ocurren en el Perú”.
¿Participaron en la Independencia?
La participación de las logias
masónicas en la Independencia de la América española ha provocado siempre
cierto escepticismo entre los historiadores. “Lo que sucede es que se ha
escrito gran parte de esta historia sin pruebas documentales. Con este triste
panorama, decidimos abrir en el 2009 una revista científica digital —Estudios
Históricos de la Masonería Latinoamericana y Caribeña— para revertir esa
tendencia, y, con los trabajos presentados, el rol de la masonería y de los
masones en las independencias va disminuyendo en importancia”, dice el
historiador Yván Pozuelos, a través del correo electrónico. ¿Fueron Francisco
de Miranda, José de San Martín, Simón Bolívar masones? Pozuelos se muestra
también cauto: “El proceso histórico de las independencias iberoamericanas
requirió de una madurez necesaria para su realización, y se me antoja muy
reductor el conferirle una autoría masónica solo por el hecho de tener a
algunos de sus líderes en logias. ¿Tenían espíritu masónico? ¿Eran moralmente
masónicos? Quienes lo sostengan están, por el momento, en el relato literario”.
Luis Sifuentes
Texto original. El Dominical de El Comercio 25 Junio del 2017
Texto original. El Dominical de El Comercio 25 Junio del 2017
** Imágenes añadidas por el Moderador del Blog.












